Comentario al post anterior:
Quiero hablar del libro recomendado, de “Olivo roto…” de Teresa Aranguren. Hace falta una rara (hoy) honestidad intelectual para escribir un libro como ése. Y una falta de ambición (en el sentido de disponibilidad para la impustura y el sometimiento) literaria de esas que una empieza a sospechar que sólo son ya posibles en quienes no son, o no han querido serlo antes, escritores/as de profesión. Hay que tener mucho valor contra-corriente para escribir un libro como ése, en el que los buenos son buenos y los malos (aunque a ellos no se les dé más retrato que el de la infamia de sus hechos, porque a los malos sí basta conocerlos por ellos) son malos. Un libro simple, puro, anterior a la codicia literaria de los escritores establecidos. Porque no es la verdad la que cuentan los escritores establecidos: que todas las guerras son iguales, que todos los bandos son asesinos, que todos los malos son también a su modo buenos y que todos los buenos son, a su manera, si pudieran, malos. Y no es verdad, por eso, que necesitemos más libros de ellos que vengan a decirnos esto, porque, por muchos que escriban contándonos que la razón estaba repartida por igual en los dos bandos, siempre habrá una Aranguren que, con uno solo, nos devuelva a la lucidez de darnos cuenta de que eso ni es así ni ha sido así nunca. Eso no ha sido cierto jamás, pero los escritores se han o nos hemos metido en un berenjenal del que ahora nos cuesta salir. Nos dio hace un siglo por establecer que toda realidad que contemos ha de ser equidistante entre todos los fuegos conocidos y completa (en el sentido de repleta de dosis idénticas de razones de unos y de otros, con sus idénticas y sopesadas valoraciones). Y así, un personaje “completo” (rico) es aquel que muestra al mismo tiempo (y casi preferiblemente en la misma página) su lado bueno y su lado malo, o su lado estúpido y su lado inteligente, de modo que nuestro trabajo acaba siendo ése: dotar a la historia, aunque sea fantaseando, de una sensación de completitud ! que nos la haga inocua, igualando a los protagonistas y haciéndonos así imposible imaginar que pueda haber personas o conflictos de una maldad intolerable. Sin embargo, la señora Aranguren se las arregla más sola que la una (y peor que sola, me temo: sola y contra fuerzas terribles de la crítica literaria, igual de establecida que los escritores establecidos) para escribir un libro deslumbrante, bellísimo y anterior a la pérdida de referentes en la que nos estamos perdiendo todos. Ya no sabemos resistir ni resistirnos. Nos tienen acogotados. Por eso es un respiro leer algo tan bueno y tan inusual. ¿Qué cómo se las arregla esta señora para hacer algo tan bueno, estando tan sola y contra el huracán? Pues muy sencillo: cuenta lo que ve y lo que siente y lo que sabe ella (y cualquiera con dos dedos de frente y un gramo de corazón menos un escritor establecido): que no todas las guerras son iguales, ni todos los bandos tienen razón ni todos los malos son buenos disfrazados para o por la ocasión. Y ella habla sólo de los buenos, hablar, habla sólo de los buenos, de los que no tienen voz. ¿Y los malos? Es que a los malos no los trata, ni bien ni mal, no los demuestra, porque no necesitan demostración, se limita a mostrarlos. Basta con mostrarlos a través de sus hechos, decía yo antes, porque he aprendido de ella que es “literariamente perfecto”. Ella no se para a infantilizar al personal con la idea (por otra parte evidente) de que toda persona mala tiene un lado bueno. Es que ni se para. No hace falta. Eso he aprendido, que no hace falta. Ella no es escritora “para eso”. Para eso están el resto de escritores (guerracivilistas, por ejemplo) cuyos éxitos padecemos. Por eso, mientras ellos escriben libros muy “completos”, Teresa Aranguren escribe sólo libros muy buenos. Tan buenos, que te levantan de la silla en la que estás leyendo y te sacan a la calle con ganas de dar gritos… y hasta golpes certeros a la cabeza de los malos y de los malos libros. Muchísimas gracias, señora.
Una lectora.
Diccionario para hoy. Ambición: “sentido de disponibilidad para la impostura y el sometimiento”.


Gracias también a ti, lectora.
Voy a encargar este libro hoy mismo. Precisamente, este comentario hace referencia a una certidumbre que no terminaba de creerme. No hace mucho, me escribió un conocido diciéndome que mi última novela le había gustado mucho, aunque… los buenos le parecían demasiado buenos. Le contesté que, en efecto eran así, y que en esta vida, a veces, los buenos lo son mucho. De los malos mejor no hablar demasiado…
Felicitaciones: un comentario rotundo.
Yo añadiría que Olivo roto es (por su contenido) uno de esos libros indispensables. Es casi imposible que alguien se pueda quedar frío tras su lectura. Aunque sean historias ficticias, pueden perfectamente pasar por reales. Olivo roto te obliga a reflexionar sobre el más humano de los problemas. Es una pena que el público no pueda (o no quiera) acceder a este tipo de literatura. Yo, la próxima semana, pediré la primera obra de Teresa sobre Palestina. Y quien repite…