No eres palma, / eres retama,
eres ciprés / de triste rama,
eres desdicha, / desdicha mala.
Tus campos rompan / tristes volcanes,
no vean placeres, / sino pesares,
cubran tus flores / los arenales.
Jordi Gracias/ Jordi Gracia
¿dó está tu escudo, / do está tu lanza?
Todo lo acaba / la malandanza.
Ejercicio para hoy: Escriba un planto o composición en prosa (si es usted cursi, o quiere tener éxito entre la crítica que gusta de lo cursi, que es casi toda, puede hacerlo en prosa lírica ), sobre la muerte de un amigo o amiga sin utilizar términos como “pena”, “siempre”, “nunca”, “muerte” “ dolorido sentir”, “memoria” e “irrepetible”. Tampoco expresiones como “fatal desamparo”, “inolvidable amistad”, “imborrable huella” o “aquellos botellones de antaño”. Extensión: mínimo 140 caracteres, máximo: 1400 caracteres.



A veces me descubro hablando con ella y casi oigo que ella me responde. Porque su pensamiento era el catecismo del mío cuando este descoloque o aquella contradicción me dejaban sin doctrina. Pero yo sé que ésa ya no es su voz. No es más que el eco de su voz en mi memoria. Y ni eso. No es más que lo que yo creo que diría ella, como si la oyera, ante esta tropelía nueva o ante aquella genuflexión de siempre.
Pero no puedo escribir el planto que esta página nos pide y que tú me has hecho leer trayéndome al ordenador. Porque lo que yo estoy viendo es que, cuando una persona amada muere, no nos queda recuerdo real de ella, sino reelaboraciones de nuestra memoria, que se surte, para el presente, de “probabilidades” de su recuerdo que necesitamos poder aplicar, y varias veces al día, para no perdernos.
Mucha morralla entre las amistades y demasiada mediocridad en todas partes como para que una nueva voz, que no sea la suya, me llene a mí de la única alegría gratuita que conozco: la de pensar el mundo entre dos.
Te lo diré más claro: la prefiero a ella mortificada y en cenizas que a ti recién afeitado.
Pero sí, éramos sólo amigas, no tienes de qué preocuparte.
A veces lo nuestro era vacío, conveniencia, aburrimiento, ganas de sentirnos como los protagonistas de una serie americana, que se abrazan en la adversidad con un ohhhhhhh enlatado de voces al fondo. Marcábamos el número por compromiso, pues se sabe que la fraternidad es un concepto más divino que humano, y más tiene de corrección, de predisposición, de aburrimiento. Instalados en el ayer, éramos la excusa mutua para salir de casa, sólo en común ya la idea desdibujada de unas horas de clase hace siglos; el que hacía dibujos en los márgenes debía ser otro, no yo, ¿y quién es hoy este que me acompaña? Una sombra, también, una sobra. Ahora, sin embargo, después de lo repentino, de la sorpresa compartida y las frases hechas (tan joven…) eres más presencia, más aliento, más anécdota de entereza de hospital, más que contar mientras, como el protagonista de una serie americana al que se le licuan los ojos buscando el consuelo de otro, espero de alguien un abrazo en la adversidad, quizá para poder escuchar un ohhhhhhhh enlatado de voces al fondo.
Ayer cuando estaba esperando al autobús abajo de mi casa me pareció que me había equivocado de sitio por completo. Fue sólo un momento, un instante de estos que se te escapan y al segundo sólo tienes una impresión vaga de lo que acaba de pasar.
Me miré los pies y dije: Angélica respira hondo. Y como vino se fue.
Estuve todo el día dándole vueltas a lo que había pasado sin quererlo, de arriba para abajo, de abajo para arriba. Cuando estaba haciendo pis en los baños de la universidad fue cuando más intensamente lo pensé. Ahora, claro, ya me doy cuenta de por qué fue ahí. Siempre que meo en la universidad, invariablemente, recuerdo a los detectives salvajes. Me acuerdo de la parte en la que una argentina, o uruguaya, no sé, se queda encerrada en un baño de la UNAM durante la primavera del 68 mexicana. Cuenta que lee, que se baja las bragas para leer porque fue en esa postura en la que se salvó (o más o menos porque lo leí hace mucho y ya no me acuerdo bien). El caso es que yo me imagino a mí misma allí, escribiendo poemas en el papel higiénico y más tarde comiéndomelos, al papel y a los poemas. Y el caso es que leí esa novela con Virginia. Que ahora lleva treinta y cuatro días, doscientas cuarenta y cuatro palabras y tres horas en el puto tártaro. Ni yo habría aguantado tanto comiendo papel higiénico.