RETORNO
Volver
con la frente marxista
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.
Ejercicio para hoy: Escribir una escena de la infancia narrando la primera vez que se descubre que existe la lucha de clases aunque evidentemente en esos momentos el narrador o narradora no sepa qué es la lucha de clases. Palabras y expresiones prohibidas: injusticia, humillación, dignidad, pobreza, miseria, explotación, opresión, jefe, capataz. Limitaciones: no pueden salir viajes con mamá ni con una tía soltera. Tampoco un cura pederasta, un tío fascista, mendigos o pobres. Exigencias: tienen que estar contada en blanco y negro. Lectura recomendada: El día de Acción de Gracias. Truman Capote.



Un día cruzando un paso de cebra con mi abuela recordé un chiste sobre negros que había oído a mi tío, pero que no entendía. Jugaba a saltar de blanco en blanco, cuando al levantar la vista vi a un hombre negro que también cruzaba pero en sentido opuesto, sin jugar. La oscuridad del chiste incomprendido se iluminó con la luz de la consciencia de la alteridad, asaltó la idea del otro, del diferente. Mi atención duró lo que tardó mi pié en colocarse de un salto sobre el blanco otra vez, no podía pisar lo negro, si no perdía el juego.
Para que un recuerdo de infancia tenga la hondura que nos piden aquí, debe durar vivo hasta que las nieves el tiempo nos plateen la sien, efectivamente, y debe hacernos sentir que la vida no es nada. Aquí os dejo el mío:
Hacía tanto frío fuera aquella noche, el viento aullaba con tanta saña y el aguanieve que caía se pegaba con tanta ansia a los cristales de su cortijillo, que la pobre vieja Dora pensaba sólo en la suerte que tenía pudiendo encender el fuego sin miramientos. Allí estaba ella, más asombrada de seguir viviendo que vieja como para eso, sentada en su mecedora frente a la lumbre. Esperaba que fuese una hora un poco menos discutible para ir a acostarse mientras escuchaba el pequeño transistor alojado en su falda (que así parecía hablarle desde su útero, con las voces sabiondas de los locutores, pero aniñadas, metálicas y pinchudas de los niños encerrados) y a los muertos alojados en su cabeza, a ellos también los escuchaba de noche. Los muertos tienen una voz muy peculiar, porque es una sola hecha, como las coletas, de recoger la de todos, una voz que, luego, además, se entrelaza, como las trenzas, con las audibles, y teje, entre las palabras sonoras, una red de silencios propios. Y a menudo dicen más los silencios que las palabras, de modo que Dora se sentía llena de significados, por muy sola que viviese en mitad de la sierra.
Una noche extraña había caído a su alrededor, una noche más poderosa que el corto y aterido día, más furiosa que un monstruo herido y más peligrosa. En noches así, cuando las amenazas se vuelven fuerzas reales, capaces de arrastrarnos al infierno (intemperies asesinas, riadas hirvientes y turbias, vientos sólidos, gajos de la montaña que se precipitan al río sangrando a borbotones piedras y barro, rayos culebreando en busca de presa…), los espíritus sencillos adelgazan aún más, pierden kilos de preocupaciones superficiales y se concentran en convertir en músculo lo poco que de verdad se necesita para vivir: estar a cubierto cuando truena, y tener comida si nos da hambre.
“Han bajado los serreños vendiendo leña”, decían los del pueblo a su paso, cuando ella era chica y recibía como un premio poder acompañar a su padre y a los otros hombres subida en una de las mulas de la recua. Y es que hasta la leña hubo un tiempo en que era mejor regatearla en lo propio para sacar unas perras con las que comprar, por ejemplo, harina y sal. Qué curiosa es la sal, tan imprescindible y tan lejana, siempre viajando para llegar a todas partes. Por qué acabaría convirtiéndose en un augurio de mala suerte derramarla, se preguntaba. Sin embargo, con dos dedos de pantocrátor y una frente dispuesta, derramar el vino podía traer cosas buenas. Ella no era supersticiosa, no para estas cosas, pero sentía punzadas de aprehensión parecidas cuando recordaba las miradas ajenas clavadas en su pequeña persona: al hilo de la sal, recordó también la mezcla de prevención y vergüenza que soportaba cuando aquellas otras niñas del pueblo la miraban a ella. Con el tiempo supo que el mal de ojo no estaba ni en su ropa tan aprovechada ni en sus zapatos zafios. Estaba en la escuela. Para poder mirar así a los demás, hay que haber ido mucho a la escuela. Ahora mismo estaban anunciando en la radio un curso para superar las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años… pero ella cumpliría 78 el mes que viene. A su edad, aunque pudiera y fuera y se sacara un título, ¿a quién podría ella ahora ya, con todas las derrotas de su vida a cuestas, mirar como la miraron?: de la mayoría de los acogotamientos no nos resarcimos nunca. Aprendió lo básico de los números y de las letras, incluso aprendió lo que era un pantocrátor, cumplidos los cuarenta, y en Suiza, de emigrante, ¡vaya sitio para que te enseñen tu lengua! Suiza olía para ella a churros por la mañana y a tortilla de patata por la tarde, como si a ciertas formas de subsistencia les estuviera vedado el acceso a los beneficios reales (cambio, amplitud, diversidad) de los viajes y de las estancias en otros territorios. Después ha salido el anuncio de un apartamento en un paraíso de vacaciones de oro para todo el año… Un piso nuevo al lado del mar puede que fuera el sueño de muchos viejos suizos que fueron jóvenes al mismo tiempo que ella, pero no era el suyo. Ella prefería su montaña y su cortijo, una casa tan pequeña y modesta como enorme y privilegiada, según se mire. El cortijo de sus padres, donde ella nació. El rincón donde empezó todo sin que nadie le preguntara si quería o no transitar por este mundo tan de ida y vuelta. Tan redondo. Tan sin pies ni cabeza. Mucho viaje y poca meta.
(…)
Así empieza la historia de una vieja y su asesino. Si queréis leerla entera, pedidlo y os diré dónde encontrarla en internet o en papel.
Grande. Grande.
Descubrí la lucha de clases el mismo día, y a la vez, en que comprendí que, esa batalla, estaba perdida sin remisión. Mi madre se había comprado, tras mucho pensárselo y hablarlo mi padre y ella, allá por los años 60, su primer electrodoméstico, lo trajeron a casa el mismo día en que, en la convulsa Asturias de aquella época, se declaro una larga huelga en las cuencas mineras, mi padre lloró y, al cabo de unos pocos días, hizo de esquirol. Había que pagar la nueva cocina a gas.
Javier, tal como lo cuentas, y aunque tu pobre padre estuviera de acuerdo con la compra, tal como lo cuentas, digo, parece que la culpa de que tu padre fuera esquirol la tuvo tu madre al querer su cocina de gas.
Tu madre tuvo que negociar con tu padre la compra, pero no de la cocina de gas, sino de todo, porque ella no era la dueña de nada, ¿lo entiendes? Negociar… pero, ¿qué negociación? ¿Qué significa eso de “después de hablarlo mucho”? No hay negociación cuando una de las partes tiene el poder absoluto de decir sí o decir no. Si el padre dice no (con la autoridad suficiente, claro, si sabe imponerse), la madre calla y acata. Y que el motivo para decir no sea la sensatez o la mala leche, a mí me da igual. El caso es que es él el que concede o deniega.
En lo que cuentas ves tú un problema de lucha de clases y en el modo en que lo cuentas veo yo dos: el esquirol de tu padre y el machista de su hijo, que ni repara en por qué yo, una mujer, puedo sentirme profundamente herida por al parcialidad acrítica de tu memoria. Y ahora sólo falta que me digas que no fue tu intención herirme. Faltaría más. El problema es que a mí las intenciones buenas o malas me importan ya, a estas alturas, una mierda. Estoy mucho más que hartita de todo eso y de vuestra poética machitomelancólica en cuanto agarráis la pluma con intención literaria de retratar a papá o a mamá. Yo quiero leyes fruto de revoluciones que vayan más allá de la clase obrera (concepto que se quedó viejo hace mucho tiempo para las marxistas radicales postsesentayocho, porque es un concepto tan restringido, que tu madre, tu propia madre, queda fuera, a no ser que tú aceptes el error dialéctivo que arrastramos las mujeres desde hace siglos de sumarla, sin más, a la condición de clase de tu padre, como le pasó a su compatriota, La Regenta). Mucho tajo ideológico tenemos todavía, me parece a mí, y lo que es peor, dentro de nuestras propias filas.
Te considero compañero de filas, Javier, por eso te digo que, para mí, un buena razón para escribir es tratar de zaherir vuestra memoria viril, la tuya, hermano, sobre las figuras de papá y mamá, que tan poco tiene que ver (y tantas veces) con la mía.